domingo, 15 de febrero de 2015

La educación y el significado de la vida (Jiddu Krishnamurti)



Acabo de terminar la lectura de este excelente libro de Krishnamurti que me dejó con muchas ideas dando vueltas en mi cabeza. Comparto en esta ocasión las ideas que más llamaron mi atención, deseándoles siempre que parezcan tan interesantes a Uds. como a mi. ¡Feliz lectura!


La educación convencional hace sumamente difícil el pensamiento independiente. La conformidad conduce a la mediocridad. Ser diferente del grupo o resistir el ambiente no es fácil, y a menudo es peligroso, mientras rindamos culto al éxito.

En la búsqueda de bienestar y comodidad generalmente nos refugiamos en un rincón de la vida donde encontramos un mínimo de conflictos, y entonces tenemos miedo de salir de este refugio. Este temor a la vida, este terror a la lucha y a las nuevas experiencias, mata en nosotros el espíritu de aventura.

Hay muchos que se rebelan contra la ortodoxia establecida sólo para caer en otras ortodoxias, en otras ilusiones y en ocultas indulgencias para sí mismos.

¿Qué valor tiene la educación si no la descubrimos jamás?

Mientras la educación no cultive una visión integral de la vida, tiene muy poca significación.

La educación debe efectuar la integración de estas separadas entidades, porque sin integración la vida se convierte en una serie de conflictos y sufrimientos.

Todos nosotros hemos sido adiestrados por la educación y el ambiente para buscar el medio personal y la seguridad, y para luchar en beneficio propio.

Nuestra educación actual está acoplada a la industrialización y a la guerra, siendo su fin principal desarrollar la eficiencia, y nosotros nos encontramos capturados en esta maquinaria de competencia despiadada y mutua destrucción. Si la educación nos ha de llevar a la guerra, si nos enseña a destruir o ser destruidos, ¿no ha fracasado totalmente?

Inteligencia es la capacidad para percibir lo esencial, lo que «es» y educación es el proceso de despertar esta capacidad en nosotros mismos y en los demás.

El hombre ignorante no es el iletrado, sino el que no se conoce a sí mismo; y el hombre instruido es ignorante cuando pone toda su confianza en los libros, en el conocimiento y en la autoridad externa para derivar de ellos la comprensión.

Lo que ahora llamamos educación es la acumulación de datos y conocimientos por medio de los libros, cosa factible a cualquiera que puede leer.

Según está ahora organizada la sociedad, enviamos a nuestros hijos a la escuela para aprender alguna técnica con la cual puedan finalmente ganarse la vida. Queremos hacer de nuestros hijos, ante todo, especialistas, esperando así darles estabilidad económica segura. Pero ¿acaso puede la técnica capacitarnos para conocernos a nosotros mismos?

El hombre que sabe desintegrar el átomo, pero no tiene amor en su corazón, se convierte en un monstruo.

Al parecer necesitamos de preparación técnica; pero una vez graduados de ingenieros, médicos, o contables, entonces ¿qué? ¿Es la práctica de una profesión la plenitud de la vida? Aparentemente así es para muchos de nosotros. Nuestras profesiones pueden mantenernos ocupados la mayor parte de nuestra existencia, pero las mismas cosas que producimos y que nos fascinan, causan nuestra destrucción y nuestra miseria. Nuestras actitudes y nuestros valores hacen de las cosas y de las ocupaciones instrumentos de envidia, amargura y odio.

Cuando la función de ejercer una profesión es de máxima importancia, la vida se hace aburrida y oscura, convirtiéndose en una rutina mecánica, de la cual huimos por medio de toda clase de distracciones. La acumulación de hechos y el desarrollo de la capacidad intelectual, a lo cual llamarnos educación, nos ha privado de la plenitud de la vida y de la acción integradas. Es porque no entendemos el proceso total de la vida que nos aferramos tanto a la capacidad y la eficiencia, que de esta manera asumen avasalladora importancia. Pero el todo no puede comprenderse si sólo estudiamos una parte. El todo sólo puede comprenderse mediante la acción y la vivencia.

La verdadera educación, al mismo tiempo que estimula el aprendizaje de una técnica, debe realizar algo de mayor importancia; debe ayudar al hombre a experimentar, a sentir el proceso integral de la vida.

No existe método alguno por medio del cual se pueda educar a un niño para que sea libre e íntegro. Mientras nos preocupamos por los principios, los ideales y los métodos, no ayudamos al individuo a libertarse de sus actividades egocéntricas con todos sus temores y conflictos.

Lo que debe ser resulta mucho más importante para nosotros que lo que es o sea, el individuo con sus complejidades.

Mirar al futuro, luchar por un ideal, indica pereza mental y deseo de evitar el presente.

Los seres humanos no son máquinas destinadas a trabajar según un modelo determinado.
Hemos permitido que los gobiernos y los sistemas se encarguen de la educación de nuestros hijos y de la dirección de nuestras vidas; más los gobiernos quieren técnicos eficientes, y no seres humanos, porque los seres humanos son peligrosos para los gobiernos, así como también para las religiones organizadas. Por esto los gobiernos y las organizaciones religiosas buscan el dominio sobre la educación.

Tenemos que estar dotados de gran comprensión, tenemos que poseer la fuerza de la paciencia y del amor.

La libertad no significa la oportunidad de lograr la satisfacción propia o el ignorar la consideración a los demás.

En el amor al niño se encuentra implícita la verdadera educación. Pero la mayor parte de nosotros no amamos a nuestros hijos; sentimos ambición por nosotros mismos.

Sin respeto a la vida humana, el conocimiento sólo conduce a la destrucción y la miseria.

La inteligencia es el discernimiento de lo esencial, y para discernir lo esencial hay que estar libre de los impedimentos que la mente proyecta en busca de su propia seguridad y comodidad.

No tener miedo es el principio de la sabiduría, y solo la verdadera educación puede lograr la liberación del temor, en la cual existe únicamente la profunda inteligencia creadora.

El premio o el castigo por una acción lo único que hace es fortalecer el egoísmo. Actuar por respeto o consideración a otra persona, en el nombre de Dios o de la patria, conduce al temor y el temor no puede ser la base de la acción bueno. Si quisiéramos ayudar al niño a ser considerado para con los demás, no deberíamos usar el amor como soborno, sino que debiéramos tomar el tiempo necesario y tener la paciencia de explicar las formas de la consideración.

Lo que llamamos religión es simplemente una creencia organizada, con sus dogmas, ritos, misterios y supersticiones. Cada religión tiene su propio libro sagrado, su mediador, sus sacerdotes y sus fórmulas para amenazar y retener a la gente. La mayor parte de nosotros hemos sido condicionados a todo esto, que se considera educación religiosa; pero este condicionamiento coloca al hombre frente al hombre, crea antagonismo, no sólo entre los creyentes, sino también contra los que tienen otras creencias. Aunque todas las religiones afirman que adoran a Dios y dicen que debemos amarnos los unos a los otros, inculcan el temor con sus doctrinas de premios y castigos, y con sus dogmas de competencia perpetúan la suspicacia y el antagonismo. Los dogmas, los misterios y los ritos no conducen a la vida espiritual. La educación religiosa, en su verdadero sentido, ha de estimular al niño a comprender su propia relación con las personas, las cosas y la naturaleza.

La verdadera religión no es un conjunto de creencias y ritos, esperanzas y temores; y si podemos permitir al niño que crezca sin estas influencias perjudiciales, entonces quizá, según vaya adquiriendo madurez, comenzará a inquirir la naturaleza de la realidad, de Dios. Por eso, para educar a un niño es necesario tener profundo conocimiento y comprensión.

La verdadera religión es el cultivo de la libertad en la búsqueda de la verdad. No puede haber componenda con la libertad. La libertad parcial del individuo no es libertad. Cualquier condicionamiento, ya sea político o religioso, no es libertad, y por lo tanto no podrá jamás traer paz.

La religión organizada es el pensamiento congelado del hombre, del cual edifica templos e iglesias; se ha convertido en solaz para los temerosos, y en opio para los afligidos. Pero Dios o la verdad, están mucho más allá del pensamiento y de las demandas emocionales. Los padres de familia y los maestros, que reconocen los procesos psicológicos que infunden miedo y tristeza, deben poder ayudar a los jóvenes a observar y entender sus propios conflictos y aflicciones.

Si somos incapaces de lograr la paz y el orden en el mundo, cambiando profundamente nuestra manera de ser, ¿de qué valen los libros sagrados y los mitos de las varias religiones?

¿No sería, por lo tanto, más significativo empezar cada día en el hogar y en la escuela con algún pensamiento serio, o con un ejercicio de lectura que tenga profundidad y significación, más bien que mascullando palabras o frases frecuentemente repetidas?

Si los jóvenes tienen el espíritu de investigación y buscan constantemente la verdad de todas las cosas, ya sean políticas o religiosas, personales o ambientales, entonces la juventud tendrá una gran significación y hay esperanza de un mundo mejor.

La mayoría de los padres y los maestros le temen al descontento porque perturba todas las formas de la seguridad; y por eso estimulan a los jóvenes a superarlo por medio de empleos permanentes, de herencias, alianzas matrimoniales y el consuelo de los dogmas religiosos. Las personas mayores conociendo demasiado bien las muchas maneras de entorpecer la mente y el corazón, proceden a embotar al niño tanto como ellos lo están, imponiéndole autoridades, tradiciones y creencias que ellas mismas han aceptado.

Debemos aprender a pensar con claridad y sin prejuicios, para no sentirnos interiormente esclavizados y temerosos.

El descontento es el medio que conduce a la libertad; pero para inquirir sin prejuicios, no debe haber ninguna exacerbación emocional, que a menudo se presenta en forma de reuniones políticas, gritos de combate, búsqueda de un «gurú» o maestro espiritual u orgías religiosas de todas clases. Este exceso emocional embota la mente y el corazón, incapacitándolos para intuir y por lo tanto haciéndolos fácilmente moldeables por las circunstancias y el miedo. Es el deseo vehemente de investigar, y no la fácil imitación de la multitud, lo que ha de producir una nueva comprensión de las modalidades de la vida.

Seguir a otro, por grande que sea, o adherirse a una ideología lisonjera, no ha de contribuir a la paz mundial.

Mientras el éxito sea nuestra meta, no podemos liberarnos del temor, porque el deseo de triunfar, inevitablemente engendra el temor al fracaso.

Sólo puede haber acción integral si uno comprende su propio condicionamiento, sus prejuicios raciales, nacionales, políticos y religiosos; es decir, si uno se da cuenta de que las modalidades del «yo» tienden siempre a la separatividad.

La verdadera observación de sí mismo y a vivir la vida en su totalidad, lo cual no es dar significación sólo a una parte, al «mi», y a «lo mío», sino ayudar a la mente a ir por encima y más allá de sí mismo para descubrir lo real.

La verdadera educación es de suprema importancia no sólo para los jóvenes, sino también para los viejos si quieren aprender y no están ya anquilosados. Lo que somos en nuestro fuero interno es mucho más importante que la cuestión tradicional de qué se le debe enseñar al niño, y si amamos a nuestros hijos, deberemos procurar que tengan verdaderos educadores.

Cuando un niño tiene el impulso creativo de pintar, pinta, sin cuidarse de la técnica.

El ser humano integrado llegará a la técnica a través de la experiencia, porque el impulso creativo crea su propia técnica —y ése es el arte supremo—. Cuando un niño tiene el impulso creativo de pintar, pinta, sin cuidarse de la técnica. De la misma manera, las personas que están «viviendo», y por lo tanto enseñando, son los únicos verdaderos maestros; y ellos a su vez crearán su propia técnica.

Hoy por hoy, la mayor parte de nosotros estamos agotados a los cuarenta y cinco o cincuenta años de edad, por la esclavitud de la rutina, por causa de la sumisión, del temor y de la aceptación; para nada servimos, aunque luchemos en una sociedad que tiene muy poca significación, excepto para los que la dominan y están seguros. Si el maestro ve esto y vive él mismo en realidad, entonces, cualesquiera que sean su temperamento y sus habilidades, su enseñanza no será asunto de rutina y si un instrumento de ayuda.

La verdadera educación significa el despertamiento de la inteligencia, la creación de la vida integral, y solamente esta clase de educación puede crear una nueva cultura y un mundo pacífico;

Las revoluciones sangrientas no pueden resolver jamás nuestros problemas. Sólo una profunda revolución interna que altere todos nuestros valores puede crear un ambiente diferente, una estructura social inteligente; y tal revolución sólo la podemos hacer usted y yo.

La eternidad no está en el futuro; la eternidad es ahora.

El conocimiento de uno mismo es el principio de la libertad, y es sólo cuando nos conocemos que podemos crear el orden y la paz.

La educación moderna nos está convirtiendo en seres irreflexivos; hace muy poco para ayudarnos a descubrir nuestra vocación individual. Aprobamos ciertos exámenes, y entonces, con buena suerte, conseguimos una colocación que a menudo significa una rutina interminable por el resto de la vida.

La tendencia a la sumisión, que es el deseo de seguridad, engendra temor y les da precedencia a las autoridades políticas o religiosas, a los héroes y líderes que incitan al sometimiento y por quienes estamos sutil o groseramente dominados; pero no someterse es sólo una reacción contra la autoridad, y no nos ayuda en modo alguno a convertirnos en seres humanos integrados.

Una mente que piensa de acuerdo con la tradición no puede descubrir lo que es nuevo.

Los temores ocultos a menudo se presentan en los sueños y en otras formas de insinuación, y causan mayor deterioro y conflicto que los temores superficiales.

Seguir una autoridad es la negación de la inteligencia. Aceptar la autoridad es someternos al dominio, subyugarnos a un individuo, a un grupo o una ideología, ya sea religiosa o política; y este sometimiento de uno mismo a la autoridad es la negación, no sólo de la inteligencia, sino también de la libertad individual.

La inteligencia es la capacidad para entender los procesos de la vida; es la percepción de los verdaderos valores.

La sabiduría no se logra a través del miedo ni de la opresión, sino de la observación y de la comprensión de todos los incidentes en las relaciones humanas.

Las ideas, como las creencias, no pueden nunca unir a los hombres si no es en grupos discordantes.

Debemos darnos cuenta de que mientras nos identifiquemos con un país, mientras nos aterremos a la seguridad, mientras estemos condicionados por los dogmas, habrá lucha y miseria dentro de nosotros y en el mundo.

¡Es todo tan estúpido y antinatural! Indudablemente los seres humanos son más importantes que los linderos nacionales o ideológicos.

El patriotismo es un obstáculo para la felicidad humana, no tenemos que luchar contra esta falsa emoción en nuestro ser nos habrá abandonado para siempre.

Educar a la gente sólo para ser maravillosos ingenieros, brillantes científicos, hábiles ejecutivos, o buenos trabajadores, nunca llegará a unir a los opresores con los oprimidos; y podemos ver que nuestro actual sistema educativo, instigador de las muchas causas que provocan enemistad y odio entre los seres humanos, no ha impedido el asesinato en masa en nombre de la patria o en nombre de Dios.

¿Qué base real existe para establecer diferencias entre los seres humanos? Nuestros cuerpos pueden ser diferentes en estructura y color, nuestros rostros pueden ser distintos; pero por dentro somos bastante parecidos: orgullosos, ambiciosos, envidiosos, violentos, sexuales, anhelosos de poder, y así sucesivamente. Quitémonos el rótulo y quedaremos bien desnudos; pero no queremos enfrentarnos a nuestra desnudez y es por eso que insistimos en la etiqueta, lo cual indica cuán inmaduros y cuán infantiles realmente somos.

El Estado soberano no quiere que sus ciudadanos sean libres ni que piensen por sí mismos, y los dirige, por medio de propaganda, de la interpretación errónea de la historia y por otros medios.

La verdadera educación llegará a ser universal si empezamos por lo inmediato, si nos entendemos nosotros mismos en nuestra relación con nuestros hijos, con nuestros amigos y vecinos. Nuestros propios actos en el mundo en que vivimos, en el mundo de nuestra familia y de nuestros amigos, ejercerán una influencia

Se puede ser un verdadero maestro en el hogar y las oportunidades se presentan a los que actúan con seriedad.

El dinero invariablemente corrompe, a menos que haya amor y entendimiento.

El interés mutuo trae la cooperación.

Es de gran importancia que cada uno busque lo que quiere hacer y luego vea si vale la pena hacerlo.

Educar al educador —es decir, hacer que se entienda a sí mismo— es una de las empresas más difíciles, porque la mayor parte de nosotros estamos ya cristalizados dentro de un sistema de pensamiento o dentro de un molde de acción; nos hemos dado ya a una ideología, a una religión, o a una norma determinada de conducta. Por esto enseñamos al niño qué pensar y no cómo pensar.
La verdadera educación es una tarea mutua, que exige paciencia, consideración y afecto.
¿Se preguntan los padres alguna vez por qué tienen hijos? ¿Es acaso para perpetuar su nombre o para mantener su propiedad? ¿Quieren hijos meramente para su propio deleite, para satisfacer sus necesidades emocionales? Si es así, entonces los hijos se convierten en meras proyecciones de los deseos y temores de sus padres.

El sufrimiento de los padres por sus hijos es una forma de compasión posesiva de sí mismos que sólo existe cuando no hay amor.

Si los niños han de estar libres de temor —ya sea de sus padres, de su ambiente o de Dios— el propio educador no debe tener temor. Pero ésa es la dificultad: encontrar maestros que no sean víctimas de alguna clase de miedo. El temor restringe el pensamiento y limita la iniciativa; y un maestro lleno de miedo no puede de ninguna manera enseñar la profunda significación de estar libre de él.

Toda autoridad es un inconveniente, y es esencial que el maestro no se convierta en autoridad para sus alumnos.

Para ser un verdadero educador, un maestro debe estar constantemente independizándose de los libros y los laboratorios:

Sabe que la realidad o Dios se manifiesta sólo cuando hay conocimiento propio y por lo tanto libertad.

Los temores que nacen del anhelo de tener éxito y logros en la vida.

La repetición y el hábito estimulan la mente a la pereza; se necesita un choque emocional para despertarla, que es lo que entonces llamamos problema.

La libertad está al principio; no es algo que ha de alcanzarse al final.

Si uno se siente frustrado en su trabajo, seguramente se cansará y se aburrirá. Si uno no siente interés, evidentemente no debe continuar enseñando.

Uno enseña porque quiere que el niño sea rico interiormente, para que sepa dar a las posesiones materiales su verdadero valor.

El amor no se crea firmando un contrato, ni está basado en el intercambio de placeres, ni en la mutua seguridad y confortación. Todas estas cosas son de la mente, y es por eso que el amor ocupa una parte tan pequeña de nuestras vidas. El amor no es de la mente; es absolutamente independiente del pensamiento, con sus cálculos sagaces y sus demandas y reacciones de propia protección. Cuando hay amor, el sexo no es jamás un problema, es la falta de amor lo que crea el problema.

Cuando, consciente o inconscientemente, nos valemos de algo para huir de nosotros mismos, nos hacemos esclavos de ello. Depender de una persona, de un poema, o de cualquier otra cosa, como medio de escape de nuestras penas y ansiedades, aunque enriquece momentáneamente, sólo crea más conflictos y contradicciones en nuestras vidas.

El culto del éxito en cualquier campo resulta indudablemente en detrimento de la inteligencia.

Cuando somos interiormente pobres, nos entregamos a toda clase de ostentación de riquezas, poder y posesiones. Cuando nuestros corazones están vacíos, coleccionamos objetos.

La belleza está todavía allí, pero ya no la vemos; fue absorbida por la monotonía del diario vivir.

Cuando uno quiere realmente escribir un poema, lo escribe; si se domina la técnica, mucho mejor; pero ¿para qué recalcar lo que es simplemente un medio de comunicación, si uno no tiene nada que decir? Cuando hay amor en nuestros corazones, no buscamos un método para expresar en palabras nuestros pensamientos o emociones.

La libertad primera y última, La única revolución y Las notas de Krishnamurti. A la edad de 90 años dio una conferencia en la ONU acerca de la paz y la conciencia, y recibió la Medalla de la Paz de la ONU en 1984. Su última conferencia fue dada un mes antes de su muerte en 1986.

2 comentarios:

pablo dijo...

Estaré atento a sus comentarios.

pablo dijo...

La Educación y el Significado de la Vida de Krishnamurti